Por Leonardo Eiriz

Las declaraciones del Ibar Pérez Corradi, acusado de traficar efedrina y de ser el autor intelectual del triple crimen de General Rodríguez, en las que confiesa que a través de un enviado del gobierno nacional a Paraguay le pidieron inculpar a Aníbal Fernández por los asesinatos de Forza, Bina y Ferrón, invitan a reflexionar una vez más acerca de los alcances de las campañas sucias cuando son promovidas desde un conglomerado inacabable de medios.

Harto conocida es ya la falsa denuncia hecha por el programa Periodismo Para Todos, conducido por Jorge Lanata, contra el ex candidato a gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Aníbal Fernández.

Con el tiempo quedó demostrada la falsedad de dicha denuncia, el exjefe de Gabinete no estuvo mencionado ni en el canto de una hoja del expediente que tramitó en esa causa, pero el daño fue ya irreparable. La elección estaba perdida. Esa elección no solo definió la gobernación en favor de María Eugenia Vidal, sino también inclinó la balanza en favor del presidente Mauricio Macri, dado el peso de la provincia en la elección nacional.

¿Habría ganado Aníbal Fernández la gobernación de la provincia de Buenos Aires de no ser por las falsas acusaciones que se le hicieron en los meses previos a la elección? Y de ser así ¿Habría ganado Daniel Scioli la presidencia de la Nación? Imposible saberlo con certeza, pero es una posibilidad. Y es inevitable pensar en cuáles hubieran sido entonces los destinos del país.

Con el diario del lunes, la presidencia de Mauricio Macri es un fracaso de proporciones que ni los más pesimistas podrían haber anticipado. Aunque en rigor, algunos sí lo hicieron. Daniel Scioli predijo en el debate presidencial algunas de las catástrofes que a la postre sucedieron. Pero no alcanzó para convencer a un electorado bombardeado por falsas noticias que sin ningún asidero ni elementos probatorios lanzaban a (des)conocimiento público. Y los tiempos de la justicia, se sabe, son largos, mucho más largos que los tiempos de campaña.

La elección de 2015 ya es historia. No se puede cambiar (lamentablemente). Pero puede servir su recuerdo para no volver a dejarse engañar, ya no solo por falsas promesas, sino también por falsas denuncias.

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