Por Marcelo Bartolomé

La política argentina tiene complejidades y particularidades que hacen que muchos, incluso los propios argentinos, no podamos comprenderla en su totalidad.

Y en los últimos días ocurrió uno de esos episodios que convierten a nuestro país en una especie de «Macondo Plus», el pueblo colombiano imaginado por Gabo García Márquez para su fenomenal novela «Cien Años de Soledad». Lo de plus es porque en la Argentina cualquier realidad supera a la mejor de las fantasías.

Se trata de la curiosa, impensada alianza entre Adolfo Rodríguez Saá, el defaulteador de la deuda externa argentina en diciembre de 2001 y Mauricio Macri, el mayor endeudador serial que haya tenido jamás gobernando la Argentina.

Vale recordar el histórico momento, ocurrido el 27 de diciembre de 2001, cuando el «Adolfo» fue ungido presidente y hacía el inesperado anuncio en el Congreso de la Nación

Cinco días más tarde, el efímero presidente fue «renunciado» por el propio PJ y en su lugar asumía Eduardo Duhalde, quien una semana antes había dicho textualmente que «ni loco iba a asumir la vacante» que había dejado Fernando De La Rua.

Al cabo de 18 años, durante los cuales la Argentina se hundió, logró salir del infierno, se recuperó y ahora vuelve a estar en su peor período político, social, económico e institucional de toda su historia (con la excepción de la última dictadura cívico militar, aunque tiene muchos puntos en común) los episodios insólitos vuelven a demostrar la locura en la que está envuelta nuestra dirigencia política.

Aquel defaulteador que fue aplaudido a rabiar en el Congreso por propios y extraños, saltó de vereda y se alió sin verguenza con Mauricio Macri, el endeudador serial de la Argentina más salvaje que alguna vez hayamos tenido.

Nada bueno puede salir de ese rejunte, como no sea poder estirar un poco más la vida política en términos individuales de quien gobernó varios años San Luis, fue senador y diputado y terminó enfrentado con su hermano Alberto, quien logró su relección como gobernador aplastando en las urnas nada menos que a su propio hermano.

Parafraseando a Julio Cortázar, parece hoy el nuestro «un país de cotillón», un juguete que se usa y se tira mientras dura la fiesta. Total, los platos rotos y las deudas contraídas terminan pagándolos siempre el pueblo.

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