Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), casi 3.000 personas que huían de África, ya fuese por culpa de la guerra o del hambre, han muerto en el Mediterráneo en lo que va de año. Desde que empezó la crisis de refugiados en Europa no se había llegado a una cifra tan alta de fallecimientos en un periodo tan corto.
Según explicó Joel Millman, portavoz de la OIM en Ginebra, se trata del “tercer año consecutivo en el que las víctimas mortales superan las 3.000, pero nunca había ocurrido tan pronto en el transcurso del año, antes del final de julio, lo que es muy alarmante”.
Casi el 90% de esas muertes se ha registrado en el Mediterráneo central, entre Libia e Italia, y en prácticamente todos estos casos las víctimas provenían de países de África subsahariana.
Según Millman, casi 2.500 de esas muertes se produjeron durante los últimos cuatro meses, lo que equivaldría a una media diaria de 20 ahogados. Algunos jamás aparecen, y solo se tiene el testimonio de los compañeros de travesía que lograron salvarse, en muchos casos familiares o amigos.
Otras veces, como sucedió el pasado miércoles, sus cadáveres aparecen al fondo de una barcaza, como las 20 mujeres jóvenes y el hombre que murieron por asfixia –la voracidad de los traficantes de personas los lleva a hacinarlas en el fondo de cascarones inmundos—o por las quemaduras del combustible.
Los datos de este año son alarmantes, porque dan idea de cuánto puede ser el número de fallecidos cuando termine 2016, pero no hay que olvidar que tanto en 2014 como en 2015 también se superó con creces la cifra terrible de los 3.000 muertos.
Muchos de ellos, como los de la tragedia de Lampedusa de octubre de 2013, serán enterrados en pequeños cementerios de Sicilia bajo lápidas anónimas.





































