San Petersburgo no cree en lágrimas.

A pesar de las informaciones oficiales desde Moscú, aún es difícil establecer si el autor del atentado en el Metro de San Petersburgo actuó solo o en nombre de alguna organización terrorista de extracción islámica. Vladimir Putin no olvida que su país es, desde hace ya varios años, objetivo militar de esas organizaciones. Por eso ya mando señales respecto de que habrá un duro castigo para el o los autores de este cruento atentado.

Por Guadi Calvo*.

Un nuevo atentando, en las primeras horas de la tarde del día lunes, sacudió el metro de San Petersburgo, dejando hasta ahora 14 muertos y una cincuentena de heridos.

Un artefacto explosivo de fabricación casera estalló momentos después de salir de la estación del Tejnologuicheski Institut, cuándo se dirigía rumbo a la estación Ploshchad Vosstaniya, una de las más transitadas de la ciudad.

La ministra de Salud, Veronika Skvortsova, declaró que siete de las víctimas murieron en el lugar mientras que el resto falleció cuando ya había sido socorrido.

Los agentes de seguridad encontraron un segundo artefacto explosivo en la estación de Ploschad Vosstaniya, que lograron desactivar  antes de que explote.

Imágenes del atentado tomadas pocos minutos después de concretado.

Todas las líneas del metro de la ex capital del imperio cerraron, al tiempo que  el organismo nacional antiterrorista reforzó las medidas de seguridad en los principales puntos de trasporte del país.

Lo más obvio será culpar del atentado al joven kirguizo de 22 años identificado como Akbarzhon Djaliliv, natural de la ciudad de Osh, la segunda más grande del país, algo  que aparentemente habría acreditado la Seguridad Nacional de Kirguistán (GKNB), que se encuentra trabajando junto al Servicio Federal de Seguridad (FSB) ruso y la seguridad de Kazajistán. (Mientras se escriben estas líneas, fuentes rusas confirman que Djaliliv fue el autor del atentado)

Si bien Rusia tiene una larga y trágica experiencia en este tipo de ataques vinculados al integrismo musulmán, será difícil establecer si Djaliliv, actuó por la propia o como un lobo solitario perteneciente al Imarát Kavkaz (Emirato del Cáucaso) el grupo checheno vinculado al Daesh más activo de Rusia (Ver Chechenia: La guerra personal de Putin) o si proviene de algún grupo wahabita de Asía Central.

Kirguistán -como Kazajistán- son parte de las cinco repúblicas centroasiáticas que se independizaron tras la disolución de la Unión Soviética en 1991, todas de mayoría musulmana. Rusia recibió un número importante de trabajadores centro asiáticos que realizan por lo general trabajos en el área de servicios o de la construcción.

Más allá de las primeras investigaciones,  no se podría desestimar que el atentado haya sido realizado por grupos opositores al presidente Vladimir Putin, que han iniciado una dura campaña de desestabilización asociados a mafias locales e inteligencias occidentales.

Tras la explosión el conductor del convoy atacado decidió no detenerlo en el túnel y llevarlo hasta la siguiente estación, facilitando las tareas de rescate.

Los videos subidos a las redes sociales muestran personas heridas en los andenes atendidas por servicios de emergencia, mientras otros escapaban buscando la calle.

El vagón donde se colocó el explosivo tienen sus puertas estalladas y casi todos los vidrios astillados, lo que muestra claramente la potencia y perversidad del artefacto, repleto de clavos, tornillos y tuercas para que la onda expansiva sea todavía más letal y conseguir alcanzar la mayor cantidad de víctimas posible.

Rusia ha sido blanco de ataques de separatistas e integristas chechenos en años anteriores y siguen siendo frecuentes sus amenazas de nuevos ataques, mucho más desde que Rusia se ha involucrado en la lucha contra el terrorismo que desde principio de 2011 asola Siria.

Un ataque similar al del lunes se produjo en marzo del 2010 en el metro de Moscú, que dejó 38 muertos cuando dos mujeres suicidas vinculadas a los integristas chechenos, se hicieron detonar,

Los ataques de aquella oportunidad  se produjeron, el primero,  a las 07.57 de la mañana, en la estación Lubianka, en las proximidades del Kremlin, cuando  el servicio estaba atiborrado de pasajeros. El segundo atentado se produjo cuarenta minutos después en la estación Park Kultury, también en el centro de Moscú.

Como es de práctica el Daesh, no tardará en adjudicarse el ataque del lunes, haya sido o no de su autoría, tal como lo ha hace casi siempre aunque posteriormente quede demostrado lo contrario,  como ocurrió con el último ataque en Londres o el de Niza en julio de 2016, entre otros.

Instrucciones para hundir el Arca Rusa.

El ataque del día lunes se produjo en momentos en que el presidente Putin se encontraba en San Petersburgo, su ciudad natal por otra parte, para entrevistarse con su par de Bielorrusia Alexander Lukashenko, a fin de zanjar diferencias comerciales por el suministro de gas y petróleo.

Vladimir Putin junto con su par de Bielorrusia Alexander Lukashenko (Crédito foto: AP /Sergei Karpukhin, Pool)

La reunión en la que finalmente se pautaron los acuerdos hasta el 2020, donde se aclaró que “no queda ninguna controversia pendiente y se reforzara la relación entre ambas naciones” fuer interrumpida por el ataque al Metro.

Este nuevo acuerdo entre Putin y Lukashenko, desactiva una de los tantos misiles periodísticos con los que desde hace semanas la Octava Flota Norteamericana, formada por los grandes medios de comunicación pro occidentales, intenta hacer puntería en el presidente ruso.

Por otra parte Lukashenko, un fuerte aliado de Putin, ha merecido docenas de artículos donde se lo tilda de dictador, fundamentalmente en medios polacos (Varsovia es el ariete de la OTAN, en la frontera rusa).

La prensa ha agigantado las diferencias entre Moscú y Minsk, que existen pero para nada son insalvables, como lo acaba de demostrar la reunión en San Petersburgo.

Sirve  comparar el tratamiento de la información sobre los ataques de la aviación rusa contra Alepo en Siria, donde pareciera que las bombas estuvieran solo destinadas a matar civiles inocentes, mientras que los ataques en la ciudad iraquí de Mosul por parte de la coalición internacional (léase Estados Unidos), quitando las inocultables más de 300 víctimas civiles en un ataque de la semana pasada, parecen ser concretados con una muy especial clase de misiles que detectarían exclusivamente a fanáticos fundamentalistas.

Respecto del ataque en San Petersburgo, algunos articulistas occidentales se permiten echar un manto de sospecha sobre el presidente Putin argumentado que el atentando le permitiría al gobierno ruso impedir las marchas opositoras, que “casualmente” se han incrementado en estas últimas semanas junto a la embestida mediática de occidente.

Entre otras acusaciones a Moscú, que desde hace más de uno año está barriendo el terrorismo en Siria como no lo han hecho ni los Estados Unidos ni la OTAN hasta hace pocas semanas en ninguna parte, aparece que según el Centro Antiterrorista de la Comunidad de Estados Independientes (CEI) alrededor de 5 mil combatientes del Daesh, eran originarios de territorios de la ex Unión Soviética y que Vladímir Putin, habría alentado la ida de otros 2 mil terroristas entre 2013 y  2014, para despejar de “indeseables” los Juegos Olímpicos de Sochi de 2014.

Rusia desde hace años que combate el terrorismo wahabita, que ha producido infinidad de ataques dentro de Rusia y contra objetivos rusos fuera de su fronteras.  Recuérdese el ataque en noviembre de 2015 contra el avión comercial Airbus A-321 por el grupo integrista Wilayat Sinai, afin al Daesh, radicado en la península del Sinaí y que causó más de 200 muertos

El gigantesco costo humano que lleva Rusia en su lucha contra el terrorismo es demasiado para acusar a su gobierno de connivencia con esas fuerzas.

Recientemente la prensa occidental se refirió a la posibilidad de una alianza entre los Talibanes afganos con militares rusos para combatir la presencia del Daesh en ese país.

Si bien es muy cierto que desde hace más de un año el Talibán lucha en dos frentes, el primero contra el gobierno de Kabul y  el otro contra el Daesh, en las provincias de Kunduz y  Helmand, no se puede ignorar absolutamente la dura idiosincrasia talibana que se ha negado desde siempre a cualquier tipo de alianza con extranjeros.

De allí surge el enfrentamiento con los hombres del Califa Ibrahim, que ahora intentan echarle mano a los plantíos de adormidera, la flor a partir de la cual se elabora el opio, principal fuente de sustentación del grupo fundado por el Mullah Omar, en 1994.

Si bien Moscú pretende combatir el terrorismo en cualquier lugar del mundo, volver a ingresar a Afganistán, nada menos que de la mano de los talibanes, es una opción tan alocada que carece de sentido analizarla.

El terrorismo es el mayor problema de seguridad del presidente Putin, que ha dado sobradas muestras que no es una justamente una Carmelita Descalza a la hora de tomar decisiones por drásticas que sean, por lo que quien sea que fuera el responsable del ataque al metro, sabrá que San Petersburgo no cree en lágrimas.

 

* Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC.

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