Las decisiones implementadas desde la llegada Cambiemos a la Casa Rosada han propiciado la destrucción de todo lo construido luego de la crisis de 2001. Desde la ola masiva de despidos, hasta las medidas tributarias y tarifarias que han dejado un tendal de pymes y comercios cerrados, con la consecuente pérdida de empleos. Y peor aún, el beneplácito del Estado para el cierre de una fábrica de la multinacional Techint, en la localidad bonaerense de Campana para ir luego a inaugurar la misma fábrica en Houston, Texas, dejando 1200 familias argentinas en la calle y reemplazando esa mano de obra por trabajadores norteamericanos. Todo lo que se hace es realmente de una brutalidad pocas veces vista y seguramente será motivo de estudio en el futuro, como un ejemplo de los estragos que provocan funcionarios ignorantes a cargo de responsabilidades importantes y de enorme impacto en la sociedad.
No es necesario ser un gran economista, tampoco un entendido en la materia; el sentido común indica que producir incrementos en los costos operativos de las pequeñas y medianas empresas, vía la presión tributaria y el aumento de tarifas, en medio de un escenario infacionario, va a generar indefectiblemente un fuerte impacto negativo. Sume la retracción del consumo impulsado por la baja de poder adquisitivo del salario, junto con los despidos en el ámbito público y privado y el cóctel será aún más letal.
No obstante esta situación, los genios que diseñan las políticas económicas propiciaron una feroz transferencia de recursos desde los sectores más débiles y pobres de la sociedad, hacia los más ricos y concentrados, lo que devino en un fenomenal aumento en los alimentos y la canasta básica, y no conformes con esta situación, devaluaron y abrieron las importaciones de manera indiscriminada. Realmente hace falta mucha intención de romper con todo o un inusitado nivel de ignorancia para combinar todas estas medidas.
Esta gente va por todo, son voraces en su afán de destruir cualquier cosa que se produzca el país, menos agroindustria, minería, energía y el sistema financiero; claro está. Son sus áreas de mayor influencia y sobre todo sus empresas, y porqué no el negocio de importar hasta el oxígeno, donde la participación de la familia de los Peña-Braun ponen todas sus fichas. Ahí el éxito está garantizado.
Como un buen ejemplo en este análisis, vale mirar lo que viene sucediendo en la industria pesquera marplatense. Hace tiempo vienen dando señales de alerta sobre el aluvión de latas importadas que llegan a las góndolas de los comercios a precios mucho más bajos. La desidia y falta de voluntad en atender estas demandas ponen en riesgo más de 700 fuentes de trabajo directas.
Atún entero o en trozos, sardinas y caballa son los tres productos principales de las importaciones que se dispararon a partir del año 2015, poniendo en jaque a la producción local que se destina, en su mayoría, a las mismas veinte cadenas de supermercados, mayoristas y distribuidores que demandan la producción importada.
En 2014 se importaron 28,6 millones de latas de atún entero o en trozos enlatado en envases de 165/170 gramos. En 2015 fueron 38,6 millones y el año pasado casi 52 millones. En los primeros tres meses del 2017 se importaron 21,7 millones de latas.
Las cifras forman parte del Informe Anual de Importaciones de Conservas de Pescado que elaboró la Cámara Argentina de Industriales del Pescado, en base a números de AFIP.
En las sardinas el fenómeno es parecido. Se duplicaron las cantidades de latas importadas entre 2014 y 2016. Con cobertura de aceite o al natural, en 2014 fueron 5 millones de latas de 125 gramos. La gran mayoría provino de Tailandia.
El año pasado el sector conservero ya había advertido de los riesgos de la importación indiscriminada. El mensaje obviamente no fue escuchado. Se importaron 11,9 millones de latas.
La caballa es el producto donde menos incidencia tiene la producción importada sobre la nacional, pero también su evolución refleja la disponibilidad absoluta que tienen los intermediarios para aumentar stocks.
Mientras en 2014 se importaron 458 mil latas de 380 gramos, en 2016 fueron 1,8 millones de latas. En los primeros tres meses de 2017 ya se contabilizaron 839 mil. Y cada vez les sale más barato. De 1,03 dólar por lata en 2014 pasaron a 0,88 dólar por lata este año.
“Nos pegan de todos lados y nadie tira una soga”, se quejó Alejandro Pennisi, presidente de la Cámara, que anticipó que esta temporada todo el sector producirá la mitad que el año pasado, que a su vez fue un 30% menos que en 2015.
Eso significará menos materia prima y horas de trabajo, pero también menos insumos: hojalata, aceites, etiquetas. El industrial cree que muchos barcos se irán a la Patagonia en la búsqueda del langostino y esto también genera interrogantes sobre la disponibilidad del recurso y el precio del pescado entero.
“Nos hemos reunido con todos los funcionarios de la Secretaría de Comercio, con el Ministerio de la Producción, no hemos recibido ninguna respuesta. Todo sigue igual o peor y saben que estamos mal; pero no recibimos señales”, amplió el directivo.
Para Pennisi las conserveras locales siguen un proceso que termina con la aniquilación del sector. “Regalá el mercado a donde venden sus productos; cobrá tasas altas para que no puedan financiar sus stocks; aplicá una presión impositiva sin precedentes; sumá una situación laboral, conflictiva y judicializada”, enumera el empresario. “Así, destruir un sector productivo es de manual”, finalizó.




































