POR GABRIEL EIRIZ

Luego de un fin de semana de locura donde se revolearon nombres por el aire para suceder al saliente exministro de Economía, Martín Guzmán, y en medio de una larga negociación en que Sergio Massa buscó quedarse con una cuota de poder más grande que la del propio presidente Alberto Fernández, la designación de la hasta hoy secretaria de Provincias del ministerio del Interior a cargo de Eduardo «Wado» De Pedro; Silvina Batakis fue una solución salomónica que encontró Fernández a instancias del presidente del Banco Central, Miguel Pesce quién le acercó la propuesta para lograr el consenso necesario dentro de la tensionada coalición de gobierno y garantizar la paz con la vicepresidenta, quien tiene una mirada positiva sobre los postulados económicos que representa «La Griega», como la llaman en siu criculo íntimo a la exministra de Economía de la Provincia de Buenos Aires durante la gestión de Daniel Scioli.

Claro, los medios golpistas que buscan generar mayor zozobra en la sociedad y debilitar aún mas a un presidente que viene en caída, salieron a instalar que la elección de Batakis fue una imposición de la vicepresidenta. Una mentira confirmada por varias fuentes consultadas por Portal de Noticias.

Batakis había sonado durante el fin de semana como una de las reemplazantes de Guzmán, que renunció a Economía unilateralmente e irresponsablemente en la tarde del sábado con una carta publicada en sus redes. La actitud del alumno del Nobel de Economía Joseph Stiglitz causó un fuerte malestar y repudio dentro del Ejecutivo. También sorprendió a Cristina Kirchner una vez que terminó su discurso en Ensenada.

Es cierto que el presidente barajó varios nombres para remplazar a Guzmán. Hasta se evaluó una reformulación general del Gabinete, a instancias del presidente de la Cámara de Diputados que finalmente no prosperó.

Massa había propuesto suceder a Juan Manzur en la jefatura de Gabinete, y controlar todos los resortes del Ministerio de Economía, la AFIP y el Banco Central. Hace ya tiempo que el tigrense venia apuntando a Guzmán y buscaba alzarse como un superministro con facultades cuasi presidenciales. Habló el tema con el Alberto en los últimos viajes en que lo acompaño, la Cumbre de las Américas y el G7. Pero finalmente el plan de Massa no prosperó. Cristina tampoco ajustició a Fernández, como temían dentro del Gabinete.

Entre las posibilidades que se analizaron, se evaluó una reducción de ministerios, y un enroque en las carteras. Concretamente la idea era llevar a Massa a la jefatura de Gabinete en lugar de Juan Manzur, que iría a Interior. Para Economía se intentó con Alvarez Agis. Wado de Pedro a Justicia fusionado con Seguridad. Aníbal Fernández a Energía. Daniel Scioli quedaría con Producción fusionado con Agricultura. Julián Dominguez como embajador en Brasil. Michel pasaría de Aduana a Afip y Educación fusionado con Cultura. Finalmente esta movida no tuvo éxito. Sergio Massa iba por todo y finalmente se quedó en la presidencia de Diputados.

Sin embargo, la crisis desencadenada por la salida de Guzmán, terminaron por confirmar la debilidad que atraviesa la presidencia de Fernández. Aislado y encerrado en su círculo íntimo, el derrotero del fin de semana despertó mucho malestar en el Gabinete. En su mayoría, los ministros no escondieron su malestar por la falta de convocatoria a Olivos. Fernández se rodea sólo de sus funcionarios de mayor confianza: el canciller Santiago Cafiero, el secretario General de la Presidencia, Julio Vitobello, Vilma Ibarra, Secretaria Legal y Técnica y la portavoz Gabriela Cerruti. El resto está colgado del pincel y tienen poco contacto con el presidente. Más de un ministro dijo en off que el mandatario los aleja de la gestión. En especial los que vienen de intendencias: Katopodis, Ferraresi y Zabaleta. Esto, más allá de la crisis de las últimas horas reviste un dilema de mayor importancia y será el talón de Aquiles del Gobierno en los próximos meses.

También hay que tener presente la recientemente conformada Liga de Gobernadores, que desde sus territorios le marcan la cancha y exigen al presidente soluciones urgentes a los problemas más importantes que atraviesa el país: la disparada inflacionaria y la falta de dólares, que viene erosionando las gestiones de los jefes provinciales.

Preocupa el tiempo que tardo Alberto en llamar a Cristina para pacificar las tensiones dentro del Frente de Todos. No fueron horas, sino meses. Los ministros con mayor coherencia se lo venían exigiendo hace tiempo pero el presidente miraba para otro lado. Sostienen, en off que la propuesta que se llevó al electorado incluía a «todos», y que su resistencia a resolver las diferencias con la vicepresidenta y dueña de la mayor porción de votos constituía una traición al pacto original.

Ahora Alberto Fernández enfrenta el mayor de los desafíos: concitar la confianza de sus funcionarios y el resto de los integrantes del oficialismo para llegar al final de su mandato sin perder más poder.

Pensar que Cristina Kirchner persigue una suerte de golpe contra el Gobierno que ella misma articuló es desconocer por completo el mapa político. La vicepresidenta busca que el Gobierno termine de la mejor manera posible y que el peronismo vuelva a ganar en 2023. Es cierto que sus formas pueden generar incomodidades. Pero quien ostentó dos veces la primera magistratura no permitirá que el rumbo del Gobierno se aleje de los principios presentados a la sociedad como alternativa al macrismo. El kirchnerismo siempre persigue imponer más kirchnerismo. Quien no lo entienda está mirando otra película.

El presidente debe entender y reflexionar las características y particularidades de su Gobierno. No llegó al poder por mérito propio. Dependerá de su capacidad de consenso el futuro del Frente de Todos y, en definitiva, de todas las argentinas y argentinos.

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