Calles tomadas por fuerzas militares, secuestros en plena calle durante el toque de queda, vigencia dle estado de sitio y miles de chilenos reclamando en las calles de Santiago y otras ciudades del interior ponen en jaque al gobierno de Sebastián Piñera que habló de un «estado de guerra».

El disparador de las protestas fue un tarifazo sobre el costo del pasaje de subterraneo, uno de los más caros del mundo, pero pese a que el presiente derogó la medida, las protestas lejos de detenerse se acenturaron en magnitud y exigencia.

Es que lo que entró en crisis en Chile es el modelo económico vigente desde la dictaura de Agustín Pinochet que puso en ptráctica de la mano del economista Milton Friedman en 1973, luego del golpe sangriento que derroco al por entonces presidente Salvador Allende.

Ese modelo, al que muchos políticos y economistas argentinos ponen como ejemplo de los países «a los que les va bárbaro» (lo dijo anoche en el debate Jospe Luis Espert) lo que generó es un grado de desigualdad extenuante, que pone al 1 por ciento de la población concentrando casi el 80 por ciento de la riqueza que genera el crecimiento persistente del PBI pero que no se traduce en mejoras en las condiciones de vida de la mayoría de los chilenos.

La violencia de las fuerzas de seguridad y militares que desplegaron todo su poderío en las calles derivó en un saldo de, hasta ahora, 11 muertos, 1500 personas detenidas, muchas de ellas en plena noche y llevadas a galpones donde fueron hacinadas y en muchos casos torturadas como durante la dictadura pinochetista y un número no determinado aun de heridos y personas con paradero desconocido.

La violencia de la protesta pone en la cuerda floja a un presidente que no comprende cuál es la raíz de orien del problema y que por la presión popular podría estar al borde de la renuncia.

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