FOTO: Nicolás Aboaf
Opinión. Por Daniel Capa

El establishment argentino resalta lo que denominan la “moderación” de Alberto Fernández como una forma de desvincularlo de políticas populares necesarias para la etapa que se viene. Allá ellos con sus caracterizaciones. Lo que buscan es condicionar como siempre lo han querido intentar.

Lo llamativo es que el traje de “moderado” provenga de sectores de la política argentina, incluyendo no pocas voces del interior del peronismo 2019.

No es, obviamente, la primera vez que se ubica a dirigentes nacionales y populares mas cercano a la vereda del posibilismo, poco menos que resignado a los lineamientos o la influencia del poder real.

Pasó con Nestor en 2003. Y con el Papa Francisco en 2013,

Ya Perón fue considerado un “burgués reformista” o algo por el estilo, a partir de críticas por izquierda. Rara estigmatización hacia un líder popular que fué atacado por el poder económico con bombardeos, fusilamientos y prohibiciones. Y todo por ser un burgués reformista.

También ocurrió con Salvador Allende en Chile, y mas acá en el tiempo con Hugo Chavez. Dame esos “reformistas” que buscaron, y en gran parte lograron, transformar las estructuras económicas y sociales de sus lugares y condujeron a sus pueblos hacia niveles de calidad de vida ascendentes.

Alberto Fernández se encamina a ser un presidente en una etapa muy particular de la Argentina, sumergida en una catástrofe económica y social que se expresa en zonas de hambre, pobreza, desempleo, alta inflación, mega endeudamiento y un aparato productivo destrozado.

Y de revertir se trata.

El próximo gobierno tendrá la compleja misión de reconstruir un país, situación que el peronismo conoce por experiencia propia. Lo dijo el propio Alberto, también Cristina: “cuando nosotros hacemos un país, después vienen ellos y lo destruyen, y nosotros otra vez a reconstruírlo”.

Lo que viene es tarea difícil: poner en el centro la importancia de revivir a la industria nacional será caminar por senderos plagados de escollos y zancadillas.

Reconstruir el aparato industrial es hablar de salarios, consumo, mercado interno, pymes; y es hablar de financiamiento estatal. La pelea de intereses a lo que estará sometido un gobierno popular es fuerte, y las tensiones se gobiernan con estrategias, autoridad y legitimidad social.

El acuerdo económico-social que está emergiendo para esta etapa, es una clave que opera como condición indispensable para dar lugar al desarrollo de un modelo de país basado en el bienestar de los sectores populares y en su escala social ascendente.

En los gobiernos donde mas puja distributiva existe es en los gobiernos peronistas, por obvias razones. El avance en la recomposición salarial y en los niveles de empleo, trae paradigmas distintos a los procesos que concentran su modelo en la baja salarial y la desocupación.

Como dijo alguna vez el gran dirigente sindical gráfico Hector Amichetti: “el pleno empleo se transforma en correlación de fuerzas a favor de un proyecto popular”. También genera una demanda de crecimiento en la reivindicación del mejoramiento en el ingreso y las condiciones laborales.

Imposible que un gobierno popular fuera moderado cuando la tarea es privilegiar el ascenso social.

La experiencia kirchnerista 2003 está latente en 2019. La reinstalación de las paritarias luego de décadas, la fuerte ofensiva de políticas de generación de empĺeo, los altos índices de recaudación a partir de la incentivación al consumo, las estrategias para abordar la deuda externa, entre otros ejes, abrió confrontaciones frente a intereses minoritarios que, algunas de ellas, sobrevivieron hasta el 2015.

¿Moderado un presidente en estas condiciones de gobernabilidad? ¿Que entendemos por moderado?, o en todo caso, ¿que entendemos por combativo?.

En el Boca de Bianchi (no soy de Boca, solo para poner un ejemplo conocido), ¿quien era el que “tenía huevos”?. Seguramente la primer respuesta que surja es: el Chicho Serna. A los ojos fáciles de los desprevenidos, Serna lucía recio, duro, cortaba, pegaba.

Sin embargo, el que “tenía huevos” en ese equipo era Riquelme. El 10 era el que la pedía siempre, buscaba que todas las pelotas pasaran por él, la paraba de pecho, armaba las jugadas de ofensiva, “dialogaba” con sus interlocutores.

Endurecerse o dialogar no define la moderación o la combatividad de alguien. En todo caso, ambas cualidades son confluyentes.

En Alberto se destaca su capacidad de diálogo y generación de consensos. Gran activo para un dirigente político que debe marcar rumbos.

En Alberto también se destaca su camino hacia la reparación del daño sufrido por el pueblo argentino en estos cuatro años.

¿Idealizarlo?. Por supuesto que no. Pero lejos de creer que un gobierno peronista es tibio y posibilista. Al menos eso marca la historia.

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