Siete años. Siete tremendos años en los que resulta aturdidor relatar cada una de las cosas que han pasado. Siete años hace que Néstor Kirchner se fue. Inesperada, repentina, injustamente.
En el marco de ese presunto recuento de cosas que han pasado y siguen pasando, muchos se preguntan si hoy la realidad podría ser distinta si Néstor viviera. Porque a la luz de lo que él fue en vida, antes, durante y después de haber sido presidente, se tiene la sensación de que con él entre nosotros todo podría haber sido y ser diferente.
Pero nos entran las dudas. Aquel 27 de octubre de 2010 fue su corazón, un poco sobrecargado, el que dijo basta. No hacía tanto que el asesinato de un pibe militante lo había dejado conmovido, dolorido, con bronca. Y dicen quienes estuvieron cerca suyo que ese episodio ingrato fue la gota que le hizo estallar ese corazón inmenso que tenía y que parecía que nada ni nadie podía afectarlo.
Por eso nos entran las dudas. Porque, ese corazón, ¿podría resistir todo el dolor y la indignación que provoca la entrega ignominiosa de la patria a las manos de 3 o 4 amigos del poder?
¿De qué manera hubiera asimilado las renuncias, las defecciones, las traiciones, las jugadas tramposas, las apuestas individuales para salvación propia y que facilitaron el presente que hoy ensombrece a nuestro país?
¿Acaso hubiera soportado el festival de traición y descaro de muchos de los que hasta hace poco tiempo hacían una profesión de fe kirchnerista, justicialista, en nombre de los más desposeídos y a favor de un proyecto nacional y popular?
¿Cómo estaría latiendo hoy ese corazón, a cuanta velocidad, con cuántas pulsaciones por minuto si tuviera que ver y escuchar a los ajenos lanzando la más inconcebible persecución contra todo lo que tenga el más mínimo vestigio del gobierno anterior?
¿Y podría entonces soportar sin conmoverse ver que a su compañera de toda la vida la sometan a toda clase de vejámenes e injusticias por el delito carnal de haber gobernado con aciertos y errores a favor de la clase trabajadora, de los más humildes, construyendo un futuro que con cada paso dado se convertía en presente, trastocando todas las reglas espacio temporales?
¿Qué vuelco mortal no habría dado ese corazón, el de Néstor, al ver a los propios cambiando sus viejos principios por otros más nuevos y adecuados al poder de turno sólo para no perder privilegios y no quedarse afuera del reparto de migajas masticadas y escupidas por el mandamás de turno?
¿Cuál podría ser el umbral de dolor soportable para ese corazón que dijo basta hace siete años si tuviera hoy que observar el derrumbe de un estado más justo y equilibrado para la enorme mayoría postergada y ninguneada y construido con esfuerzo ante la mirada insulsa y desdeñosa de muchos de los que ayudaron a forjarlo?
¿O cuál el límite de ignominia tolerable para ese corazón, ante la instauración del reino de la mentira, la calumnia, del estado del terror y el miedo, del poder sostenido sobre la base de la persecución y el silencio?
¿Podría el corazón de Néstor soportar todo esto junto sin que diera un respingo inesperado que lo detuviera sin retorno, como hace 7 dolorosos años?
Por eso, más que pensar en si con Néstor vivo todo pudiera haber sido diferente, sentimos la necesidad de pensarlo vivo, presente, vigente, perdurable. De tenerlo y llevarlo como bandera para encarar la tremenda pelea (la palabra lucha nos resulta insuficiente) que tenemos por delante.
Preferimos pensar, como solemos cantar con frecuencia, que “Néstor no se murió, Nestor vive en el pueblo, la puta madre que lo parió”, dicho así, con bronca, con los dientes y los puños aprestados.
Porque aunque destruyan o quemen cuadros, fotos, banderas, pancartas, dibujos, carteles, escritos de y con Néstor Kirchner, no están haciendo otra cosa que alimentar cada día más su figura y enaltecer su esencia. Y demostrar una vez más que la muerte no siempre significa ciclo terminado. Muchas veces como ahora es el inicio de una etapa diferente, que lo trae a este presente tormentoso acaso con más fuerza, con mayor vigencia.
Chau Flaco. Mirá que no estamos viendo eh? Nadie de los que estamos de este lado te quiere muerto. Con las banderas en alto, seguís estando más vivo que nunca.
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