Por Guadi Calvo*.

Era presumible que un simple especulador inmobiliario como es el actual presidente norteamericano, no fuera un erudito en historia y mucho menos en historia centroasiática. Aunque siguiendo el rumbo de sus políticas en la región, tendrá que ponerse al día con varios miles años de atraso para entender de qué va Afganistán, ese complejo país por donde pasaron colosales imperios, ninguno de los pudo asirse a esa geografía tan hostil como enmarañada, entre ellos Alejandro Magno (329 A.C.) o Genghis Khan (1219) quien apenas lo pudo conquistar gracias a grandes mareas de sangre.

El Afganistán que conocemos es la resultante de la unificación de retazos de territorios que pertenecieron al imperio Timurido (Uzbekistán), al Safaví (Irán) y el mongol del norte de la India. Esto explica la multiplicidad de etnias y tribus que a principios del siglo XVIII, con el Islam como fuerza aglutinante, configuraron un país, que a pesar de su  diversidad lingüística y cultural, en 250 años ha resistido a la colonización occidental.

Allí se han dado de bruces el Imperio Británico, con quien libró tres encarnizadas guerras 1839-1842, 1878-1880 y en 1919; la Unión Soviética (1978-1992) y los Estados Unidos, quien a pesar de tenerlo invadido desde 0ctubre de 2001 y más allá de las colosales inversiones en hombres y armamentos, el Talibán encarnado en el espíritu de sus antecesores resurge con la misma fuerza obligando a Donald Trump a reforzar la intervención tras los fracasos del empetrolado George W. Bush y el pálido Barack Obama.

Vale recordar la frustrante Operation Enduring Freedom (Operación Libertad Duradera), llamada en un primer momento Infinite Justic (Justicia Infinita), a la que debieron cambiar el nombre para no ofender la susceptibilidad musulmana ya que solo Allah puede otorgar la “Justicia Infinita”, encabezada por los Estados Unidos y que fue acompañada por un cumulo de casi cuarenta países, entre ellos las potencias más importantes de occidente (Reino Unido, Alemania, Canadá y Francia).

Sin embargo, más allá de poner en fuga a los 40 mil combatientes con las que para entonces contaban las fuerzas del Mullah Omar, nada han podido hacer más que instaurar una “democracia” absurda por exótica y contra natura.

Ya con dos gobiernos “democráticamente elegidos” por el pueblo afgano el de Hamid Karzai con dos mandatos (2004 -2014) acusado de graves hechos de corrupción incluso  de proteger el narcotráfico y el actual presidente Asharf  Ghani,  nada han podido hacer para salir del marasmo social, económico y militar que el país vive desde la caída del gobierno de Mohammad Najibulá en 1987. Hoy la violencia del Talibán estrangula el cuerpo no nato del Afganistán “democrático, moderno y occidental”.

Trump evalúa seriamente el informe del Jefe del Pentágono, el general James Mattis, quien la semana pasada realizó una visita sorpresa al país (Ver, Afganistán: La vuelta del Perro Rabioso),n el que sugiere el envío de unos 5 mil hombres para contener la anunciada campaña de primavera llamada Operación Mansouri, con el objetivo según el mando talibán de “acabar con la ocupación de las tropas extranjeras y expulsarlas del país”.

La operación lleva el nombre del asesinado Mullah Akhtar Mansur, en 2016, quien se había hecho cargo de la organización tras conocerse la muerte en 2013 del fundador del grupo el Mullah Omar.

Las órdenes del actual  jefe talibán Haibatullah Akhundzada,  apuntan a que la organización operé en todo el país particularmente en los frentes del norte, sur y este y no solo en el aspecto militar. A diferencias de otras campañas, tendrá también un sesgo político para: “aumentar nuestra legitimidad entre la población del país, establecer mecanismos para una nueva justicia social y de desarrollo y combatir a quienes nos han engañado”.

Se reiteran los casos de pobladores, por lo general pobres, que tras no encontrar justicia en los tribunales formales, donde la corrupción judicial campea,  prefieren acudir a los tribunales religiosos controlados por los talibanes.

En otro mensaje dirigido a las fuerzas de seguridad, el Mullah Akhundzada, anunció que el objetivo principal de la campaña serán “las fuerzas extranjeras” ya que las tropas de Estados Unidos cuentan con 9800 hombres y el resto de la OTAN con otros 5 mil.

La operación Mansouri seguirá implementando sus ataques convencionales con explosivos improvisados en rutas (IED, por sus siglas en inglés) y puentes, tomas de unidades militares, aldeas y pueblos y hasta capitales provinciales, secuestro de armas,  guerra de guerrillas y ataques suicidas.

Esta presentación de su plan de guerra se realizó una semana más tarde de su ataque a la unidad militar de Mazar-e Sharif en el norte del país, donde oficialmente la cifra de soldados muertos ha llegado a 150, aunque algunas versiones hablan de 250 y según un comunicado del portavoz talibán Zabihullah Mujahid serían 500, en su mayoría jóvenes reclutas que apenas comenzaba con su entrenamiento, en  venganza por las muertes de los gobernadores talibanes de Khunduz y Baghlan y para enviar un claro mensaje a todos los integrantes de las fuerzas de seguridad afganas. Advirtieron además que las acciones por venir serán más brutales y dolorosas en un año “extremadamente duro”.

Las cuentas de Trump.

Con los informes que el Secretario de Defensa Mattis llevó a Washington después de su viaje a Afganistán, sin duda altamente negativos, es que el presidente Trump ha comenzado a dar señales de reactivar la presencia norteamericana en Afganistán, ya que desde 2014 es el gobierno central de Kabul el que ha tomado el control de la seguridad en el país.

Desde entonces la endeble democracia afgana no ha dejado de perder posiciones tanto frente al talibán como ante el  Daesh, cuyos militantes acosan varias capitales provinciales.

Desde el Pentágono enviarán más tropas “para darle la vuelta a la tortilla”, según lo ha pedido ya hace varios meses el Jefe de las unidades norteamericanas y de la OTAN en el país, el General John Nicholson, ya que según un informe del Pentágono de fines del año pasado más del 43% de Afganistán ha quedado bajo el control de los fundamentalistas.

Para la administración Trump el tema no solo se reduce al nuevo posicionamiento de estas organizaciones sino también al crecimiento de la influencia en el país de otros “jugadores” regionales como Rusia, China, Irán y Pakistán, preocupados por sus propias suertes ya que según informes del Pentágono, en todo el espectro de Asia Central, se han contabilizado cerca de un centenar de organizaciones armadas.

Ha generado también un fuerte escozor entre los analistas de seguridad del Pentágono un informe que habría llevado el general Mattis al presidente Trump, acerca de que Moscú estaría asistiendo militar y técnicamente, desde hace casi dos años, a los insurgentes en las provincias de Helmand, Kandahar y Uruzgan.

Aunque esta información corre hace tiempo, Moscú ha negado la acusación ya que esas mismas fuerzas también operan en su territorio causando importantes y sangrientos atentados.

A pesar de la desmentida rusa,  Mattis declaró que “trabajaremos con Rusia diplomáticamente. Haremos lo que podamos, pero tendremos que enfrentar a Rusia, si lo que hacen es contrario al derecho internacional o niega la soberanía de otros países”.

Ya el primer contingente compuesto por unos 30 marines estadounidenses, de un total de 500, llegó a una base militar en la provincia de Helmand, al sur de Afganistán, fronteriza con Pakistán, que se encuentra controlada en gran parte por el Talibán y de donde Estados Unidos se retiró en 2014.

La capital provincial Lashkar-Gah, con cerca de 50 mil habitantes, se encuentra amenazada por fuerzas del talibán con capacidad operacional para tomarla. Helmand es la mayor productora del opio afgano, el 95% del total que se produce en el mundo y con el que el talibán financia su guerra.

Como esta dicho tras los informes de Mattis, Trump evalúa el envió de entre 3  y 5 mil hombres, en las próximas semanas, algo que podría ser anunciado durante la cumbre de seguridad de la OTAN prevista para este 25 de mayo en Bruselas.

A esas fuerzas se le podrían sumar otros 8 mil de sus socios europeos, lo que doblaría la actual dotación de militares occidentales en Afganistán y volverían a foja cero las urgencias de la administración Obama, que había anunciado el retorno de todos sus hombres para 2011. El ex presidente no solo fracasó en su momento sino que sigue fracasando a más de tres meses de haber dejado el cargo.

La presencia de 26 mil soldados occidentales en Afganistán abriría decididamente una guerra que, en primer lugar, sería altamente costosa en vidas y recursos para los gobiernos occidentales y que sin duda no tendrá el aval de sus votantes. Por otro lado el Talibán recibiría importantes refuerzos en hombres y materiales por parte de naciones y organizaciones “amigas”, condenando a Afganistán a perpetuarse en aquello que decía Marx: “primero como tragedia y después como farsa”.

 

* Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC.

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