Porno Criollo: el lado oculto del cine argentino

Casi desde el comienzo mismo del cine, la Argentina se integró como uno de los esforzados miembros de los países productores de películas en el mundo. Nuestro colega y especialista en cine Hugo Sanchez elaboró para la Agencia de Noticias Telam un documentado informe que revela un costado poco conocido de la producción cinematográfica argentina y que compartimos en Portal de Noticias

Casi desde el comienzo mismo del cine, la Argentina se integró como uno de los esforzados miembros de los países productores de películas en el mundo y fue en esa protohistoria, cuando todo estaba por hacerse y apenas empezaban a dar sus primeros pasos el western, el policial, la comedia, el drama y el cine romántico -que definirían sistemas de producción y formas de consumir esa nueva forma de entretenimiento aún antes de que empezara a tomarse como una expresión artística- irrumpió la pornografía, si se quiere el género vergonzante de la industria, que tuvo el puntapié fundante en estas lejanas playas, más exactamente a la vera del Río de la Plata, en donde se rodó “El Satario” (1907), el primer film condicionado de la historia.

Pero más allá del primer relato con sexo explícito -en donde tres ninfas tenían sexo entre sí para ser sometidas después por una especie de diablillo- y de la veracidad en cuanto a que el origen fuera aqui, el porno criollo tiene una larga, oculta y accidentada historia en el país.

Mientras que el género llegó a su esplendor en la década del setenta en Estados Unidos con películas como “El Diablo y la señorita Jones” y la recordada “Garganta profunda” (con Linda Lovelace), ambas de Gerard Damiano, dos décadas después hubo algo así como un momento de febril actividad en la Argentina, cuando varias productoras extranjeras -sobre todo estadounidenses pero también europeas- y un par de canales de “cine condicionado” motorizaron un movimiento que no llegó a consolidarse en industria pero que al menos generó trabajo durante algunos años.

Lo cierto es que esa efímera efervesencia fue capitalizada por el director Roberto Sena, conocido como Víctor Maytland, que ya venía produciendo y que tuvo la lucidez necesaria para darse cuenta que la única manera de superar la falta de recursos era transitar por el camino de lo bizarro, jugando con personajes del cine, el comic, la televisión y hasta la política, resignificándolos para convertirlos en elementos de la cultura pop. Sexo fuerte, planos quirúrgicos, trasfondo social, humor y si, producciones raquíticas de presupuesto pero rebosantes de ideas.

“Las tortugas pinjas” (1990), “Los Pinjapiedras”(1991), “Tango sex” (2000) y “Secuestro eXXXpress” (2003) son algunos de los títulos destacados del realizador, que más allá de estar en el momento indicado y en el lugar justo, es un autor, como bien lo define el periodista Hernán Panessi, especialista en el género y autor de “Porno Argento”, un libro clave para entender el desarrollo del género en la Argentina.

Lo cierto es que si bien Maytland fue la punta de lanza de la actividad en la Argentina y sin dudas se convirtió en el realizador del género más popular, en el otro extremo está el platense Cesar Jones, un esteta que con “Teatro genital”, “Temporada alta” y sobre todo su último largo, “Zorra” -está en pleno rodaje de “Faktor fellatio”- se permitió transitar otros caminos que incluyen puestas cuidadas y hasta el diálogo con el cine de autores consagrados. Y en el medio no mucho más, aunque hay que destacar a Marco Torino como fervoroso cultor del subgénero “Gonzo” -sexo duro, cámara subjetiva- y Darió Marxxx, hacedor de varios títulos del porno gay.

La historia llega hasta el presente, claro, en donde Internet modificó la vida cotidiana en todos los sectores, incluyendo a la pornografía, que cambió lo modos de producción y exhibición del género. Aunque se consume mucho más que antes -se calcula que hay más de quinientos millones de páginas-, la Web concentró de manera decisiva a la industria casi exclusivamente en los Estados Unidos y Europa, capaces de producir una gran cantidad de material, que acorde a un tiempo vertiginoso, necesariamente deben ser de corta duración, lo que determinó prácticamente el certificado de defunción de los largometrajes.

Más allá de los avatares de una industria que no fue, en la Argentina se sigue produciendo porno, poco y en condiciones endebles, pero la actividad sigue. Con una tozudez que definitivamente, tiene más que ver con la pasión que con el negocio.

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VíaHugo Sanchez
FuenteAgencia de Noticias Telam
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